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Por Mónika Klibanski
El Expreso Polar, se convirtió en un clásico de Navidad para montones de lectores. El libro cuenta el viaje de un niño algo incrédulo de las tradiciones que, la noche de Navidad, lo pasa a buscar por la puerta de su casa el Expreso Polar, un tren fantástico que lo llevará, junto con otros niños, hasta el Polo Norte. Allí los espera Santa Claus para el ritual de entrega del primer regalo de Navidad.
El narrador adulto del relato evoca esta historia infantil, ambientada en los años 40. Aquí puede leerse una idea de infancia ligada más que a una etapa evolutiva determinada biológicamente, más bien a un modo de mirar y comprender el mundo, mucho más abierto a la perplejidad que despierta lo inesperado, y atravesado por dimensiones que van más allá de las percepciones inmediatas, que incluyen la capacidad de escuchar sonidos que llegan de otros mundos.
Hace muy poco esta historia fue llevada al cine por Robert Zemeckis, empleando la técnica de animación digital motion capture, adecuada para reproducir el hiperrealismo casi fotográfico del original de van Allsburg. Sus narraciones siempre se ubican en el inquitante y difuso puente entre realidad y fantasía, un espacio propicio para sus imaginativas y levemente oscuras historias. Los sueños navideños pueden parecerse bastante a las pesadillas.