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Por Alejandro Piscitelli
Las fricciones de De Ípola, y cuando las instituciones pueden mucho más que la subjetividad
Publish and perish
El filósofo alemán Inmanuel Kant se jactó en su segundo prólogo a la Crítica a la razón pura de que su libro podría haber sido mucho más largo y complejo si ya no lo fuera tanto, y sin embargo “el reloj de Koenisberg” se quedó corto. A Kant no le hubiese venido nada mal utilizar las abreviaturas o comandos cortos propuestos en Mi diccionario por Talcott Pitirim Goncalvez, en un ensayito del mismo nombre, subtitulado La elocuencia de lo conciso, que constituye uno de los exquisitos trabajitos casi de fanfiction (como escribe Carolina Gruffat en Fanfiction y otras nuevas formas de ficción trans-medios) aglutinados en Tristes tópicos de las ciencias sociales, de Emilio de Ípola, ediciones De la Flor, 2006, 141 páginas.
Esta obrita está formada por nueve relatos de escasas 10/15 cuartillas cada uno, con un prólogo incisivo de Eliseo Verón , donde Emilio, uno de los tres o cuatro ensayistas más brillantes de la Argentina, demuele literalmente la industria de los papers y de las carreras universitarias atravesadas por la máxima yanqui "publish or perish", con una sutileza, unos juegos de palabras, un encastramiento de ficción y realidad, alusiones y retruécanos, reinvenciones y caracterizaciones que terminan de matarnos intermitentemente de risa o de espanto.
Todas estas notas fueron publicadas a lo largo de la década de 1995/2004 en la revista de crítica cultural El ojo mocho. Verón, que a esta altura no se toma casi nada en serio, que es nuestro principal prócer de las Ciencias Sociales pero que en lucidez no ha perdido un pelo, califica a la obrita de montaña rusa y sugiere que el género inventado por De Ípola se denomine “fricciones”.
Escrituras que construyen problemas
Verón y De Ípola, que vivieron las horas de gloria de la Universidad de Buenos Aires, que fueron telecatapultados a la entronización que significan la Universidad de París y la École d'Hautes Études en Sciences Sociales, concuerdan en que el único valor de la Universidad es abrir un espacio que permita la experiencia de una lectura de una escritura que construya un problema.
No casualmente la obsesión de De Ípola, claro que mucho más convincente desde la ironía y la parodia que desde la solemnidad y la obsecuencia, es cómo articular el deseo de verdad del investigador con la platitud de las instituciones rara vez interesadas en su búsqueda.
Tal vez sin proponérselo la provocación de De Ípola está ligada a su vez a las preocupaciones de los digitalistas Pardo & Scolari, iniciadas en la Crisis de la lectura. Hacia una educación sin libros, cuando se cuestionan si la formación futura de los estudiantes podrá (según ellos, no) prescindir de los libros.
La cuestión no está tanto en el soporte (papel o imagen) elegido para hacerlo, sino en la operación semiótica de generar capacidad de formularse preguntas, y aunque en casos muy particulares una imagen, o un videojuego o una animación, pueden llevar a hacerlo, y eventualmente a hacerlo en el mismo medio o en otro, aparentemente no hay mejor generador de preguntas (incómodas para uno mismo y para los demás) que las disparadas por la lectura de los clásicos.
Clásicos pasteurizados por las propias instituciones que deberían preservarlos de su domesticación
Es por ello que la caricaturización de De Ípola es tan implacable. Sabiendo de la potencia generadora (definiciones generativas las llamaba Baruch Spinoza) que proponen las lecturas originales -equivalente a "la première fille qu’on a pris dan ses bras", como cita Verón a Brassens- de Marx, Durkheim, Weber, Freud y, por supuesto, Lévi-Strauss, comprobar la pasteurización de estos autores en las monografías, tesinas, tesis de licenciatura, maestrías y doctorados que vemos a diario resulta intolerable.
Los distintos capitulitos de la obra de De Ípola no tienen desperdicio, y generan una suma de entusiasmo, incredulidad y fascinación. Por eso, así como Bateson -falazmente citado en la contratapa- nos regaló los metálogos como nueva forma de conversación teórico-práctica para evitar la nadería tilinga de los papers, las fricciones de De Ípola deberían ocupar idéntico lugar medio siglo más tarde.
Y así como no hay una teoría de los metálogos y sí en cambio una casuística fascinante que ha tenido en un comunicólogo local como Víctor Pandolfi a su epónimo ¿Cómo se hace una tesina? Haciéndola , lo primero que hay que hacer para deipolizarse es leer una y muchas veces cada uno de estos textos irrepetibles.
Encarnando la teoría
Aunque difieren en su estirpe, y como tipos ideales al verse los personajes de Tristes tópicos son en apariencia muy distintos, igual tienen muchas cosas en común: han hecho carne la teoría y asisten alelados a sus propias paradojas; ese momento donde biografía y voluntad personal chocan con la institución desnudando sus puntos más oscuros y en general dándole la razón a la institución, que es lo mismo que dejar sin amparo alguno a la subjetividad de los personajes.
Así, conviene recorrer la historia de Jordi Ramallets i Urgel, que no tiene empacho en perder su vida si logra, a través de su suicidio, remachar una tesis y desautorizar la de su rival que igual póstumamente le robará a su novia. Del mismo modo resulta imperdible reconstruir el camino intelectual del botija Walter Clotario Perdomo inventor de la fusión sociológica identificatoria, que termina siendo un cazador cazado
La sutileza de De Ípola se manifiesta en la fabulosa agilidad que tiene para jugar a crear historias en futuro anterior y hacerle decir a la antropóloga Patrocinio Nuria Tucci que los quehuelches habían acuñado el exorcismo "el cristianismo es un ñandú de lana" siglos antes de que Mao hiciera lo propio al calificar al imperialismo como un tigre de papel.
Pero, tal vez, el revés mejor asestado a las Ciencias Sociales sea justamente el que irrumpió en las “Necrosociológicas", donde Talcott Pitirim Goncalves, inventor del “laconismo metodológico", se apronta a eliminar la "jerga sociológica, sus galimatías léxicas, su cacofónica pedantería y su aspecto general de esperanto para oligofrénicos". Y propone una lengua nueva que reemplace las imposibles parrafadas por un conjunto de categorías tan nuevas y concisas como “nocau", “mateo" e, incluso, “¡potra!".
El siguiente ejemplo, aunque el libro propone cuatro o cinco no menos desopilantes, muestra de qué estamos hablando: “En lugar de derrochar tinta y papel mostrando cómo en la obra de Fulano cohabitan, opuestas, la tesis ‘a’ y la tesis ‘b’, propongo que en lugar de esa dañina perorata el estudioso escriba o articule simplemente: NONO". Cabe aclarar que el autor hace extensiva la propuesta para “mejorar ese lamentable párrafo de Emilio De Ípola".
Aduladores impostados
En una contratapa que recuerda el color de los libros de Woody Allen, De Ípola se inventa una serie de aduladores o comentaristas que harían la envidia de cualquier libro serio o barnizado. ¿O acaso nuestros héroes intelectuales, pero mucho más los sabandijas que hacen de la escritura esotérica y de la inflación lingüística la justificación de sus becas y dineros estatales o fundacionales, recibirán algún día encomios tan destacados como los que cierran la obra de De Ípola?
Porque en esa contratapa final se leen estas cariñosas salutaciones: “Un buen palo alto a las ciencias blandas" (G. Bateson), “Un fascinante viaje al más allá de las Ciencias Sociales" (Víctor Sueyro), e incluso, “Es un buen esfuerzo, por cierto. Desmitifica, pero no tanto como yo" (Felipe Pigna), “El hermoso libro del doctor Ípola hace reír, pero también hace pensar, lo que también es muy importante" (Mirtha Legrand).
Que Emilio se haya tomado el pelo a sí mismo, especialmente al aplicarse los estrictos baremos de Talcott Pitirim Goncalves, no empece que estos metaensayos no sean de lo mejor que se haya producido en la antimateria en las últimas décadas.
Pero que a Emilio le haya resultado tan fácil destruir un género literario, una práctica científica autoensalzada, un entramado de comentarios insulsos y de proposiciones metodológicamente correctas que permiten inmutables que el mundo empeore, mientras los que se dicen en condiciones de diagnosticarlo no hacen sino mirar para otro lado, es un síntoma grave de una claudicación profunda.
Y aunque Emilio no lo dice, ni propone cómo corregirlo, más allá del rictus que nos dejan estas cuartillas endemoniadas, o de las carcajadas que nos desentumecen durante la hora escasa que lleva su lectura toda, y del rompecabezas al que nos lleva a jugar al mezclar citas ciertas con inventadas, biografías probables con biografías vividas, y referencias a autores y conocidos de carne y hueso, después de todo eso nos queda un enorme agujero y una horrible duda.
Si la única forma de hacerse preguntas incómodas pero al mismo tiempo políticamente atrapantes pasa por esa combinación entre geniales profesores, escritura fulgurante pero sobre todo una institucionalidad rayana en la inexistencia, ¿qué podremos escribir, leer y hacer en el futuro cuando el agujero negro de la articulación lector/autor/institución no hace sino engrosarse cada día?
LINKS PARA SEGUIR LEYENDO
Locademia de sociología, en Página 12, 26 de noviembre de 2006.
Reseña del libro Tristes tópicos.
Entrevista al sociólogo Emilio De Ipola, que acaba de reeditar su libro “La bemba”, en Página 12, 29 de octubre de 2005.
Acción, decisión y sujeto, en Revista Fractal, n° 19, p. 69, 2000.