




Reseña por Alejandro Piscitelli
Cuando mucha información no es tanta... ¿o sí?
No hace mucho un afamado instituto hizo un relevamiento de la cantidad total estimada de información que circula anualmente por el mundo bajo todo tipo de soporte. Se trató del comentado informe How Much Info 2003, en el que dos brillantes investigadores como Peter Lyman y Hal R. Varian mostraron cómo se había acelerado brutalmente la producción de información en tres años, pasando de la increíble cifra de 2 exabytes a 5 exabytes anuales.
Es difícil imaginar lo que implica ese volumen de datos a menos que se lo contextualice de varios modos. Por ejemplo comparando el número con la información contenida en los 17 millones de volúmenes que hay en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, que pesan 136 terabytes de datos. Haciendo cuentas muy simples, el total de lo producido anualmente en soportes fijos equivale pues a 36.000 Bibliotecas del Congreso.
Cifras inimaginables, monstruosas, que hacen empalidecer de envidia a la Biblioteca de Alejandría borgiana, que nos permiten imaginar que ni Funes el memorioso osaría internarse en sus meandros, y que en definitiva se autoaniquilan por cuanto no dicen nada acerca del sentido y la pertinencia de un poema o de una flor para una persona concreta aquí y ahora.
Justamente y a pesar del enorme crecimiento de los datos en soporte magnético, los libros en el mundo siguen publicándose a mandobles. No hablamos sólo de la impresión física de decenas de millones de volúmenes del número 6 de la saga de Harry Potter (vendidos además en un tiempo récord) o de los 240 millones de toda la colección, sino de los probablemente centenares de miles de títulos que a nivel mundial inundan permanentemente el mercado y nuestra frágil y desvencijada atención.
Información y sentido. ¿Lo mismo o qué?
Sobre la sociedad de la información y del conocimiento se dicen actualmente tantas trivialidades que conviene escaparles como a la peste. Salvo en manos de un puñado de autores no muy frecuentados (como Mark Poster, Mark C. Taylor, Henri Lefebvre, Bruno Latour o Pierre Levy), las teorías que tenemos acerca de la sociedad compleja, la gobernabilidad en el universo digital, la interacción entre objetos y sujetos, el futuro de la política y en general el destino de la modernidad, son en general de una ramplonería sin fin.
Entre las cosas que más falta nos hacen y que están inequívocamente ausentes en los intentos de revivir la teoría crítica tradicional y la reflexión política y social sobre el mundo contemporáneo, está un estudio en serio de la economía del campo inmaterial de la información y de la cultura.
Porque sobran las obras que enumeran y santifican (o alternativamente deploran y demonizan) el devenir-mundo de las formas tecnológicas de vida, pero son escasas aquellas que releen los procesos de cambio social en el contexto de la hipercomplejidad e incertidumbre mayúscula que ellas promueven y potencian.
Entre los pocos (a excepción de Marshall McLuhan y Derrick de Kerchkove, Régis Debray y Herve Fisher) que han entendido que la producción teórica sobre lo social debe plantearse en términos de teoría de la comunicación, está Alberto Melucci, quien anticipó estos planteos en Vivencia y convivencia. Teoría social para una era de la información (2001). Y también arrimó algo el bochín José Antonio Pérez Tapias en su llamativamente silenciado Internautas y náufragos. La búsqueda del sentido en la cultura digital (Trotta, 2003).
Porque aunque no les guste a los sociólogos y a los antropólogos, a los politicólogos y a los psicólogos sociales –para no hablar de los psicoanalistas o de los ubamarxistas– toda política o representación de la convivencia de la vida social contemporánea pasa necesariamente por la comunicación y las mediaciones que gobierna con el paso de lo nacional a lo global, de la lógica de la manufactura a la lógica de la circulación de sujetos, mercancías y capitales y el desplazamiento de la lógica de lo social por la lógica de la cultura.
Este es el tema que Scott Lash había entrevisto con John Urry en su obra conjunta anterior, Economía de signos y espacio, y que ahora retoma en Crítica de la información llevándolos a niveles de sofisticación y de detalle rara vez entrevistos antes.
El Modo de información y unas cuantas yerbas más. La segunda era de los medios
Para Lash, siguiendo muy de cerca a Mark Poster y a su concepto seminal de Modo de información, las clases sociales, las identidades individuales y colectivas y los proyectos de vida dependen cada vez más, no tanto de la localización en el sistema de producción, como de la circulación y acceso a los bienes simbólicos merced a lo que el capitalismo de la desorganización marca como condiciones del nuevo agenciamiento.
Lo que está violentamente cuestionado en este asalto a la teoría de los medios es la sociología de los medios dominante (asfixiada por la teoría de Frankfurt y otras variantes del marxismo más o menos valiosas), con sus atractores centrales, cuales fueron las ideas de narrativa, discurso y representación.
Para Lash/Poster estamos viviendo en una segunda era de los medios (la primera, que ya caducó, estaba hegemonizada por el discurso público y el modelo de representación periodística típico de la modernidad), en la cual los medios (potenciados como nunca por la explosión de la blogosfera) se constituyen en una nueva naturaleza (algo que había entrevisto Javier Echeverría con su noción de Tercer Entorno desarrollada en Los señores del aire, que marca el paso de la representación a la presentación, de la audiencia a los usuarios, de los textos a los objetos neotecnológicos.
En esta nueva cultura mediática, el poder depende no tanto de la propiedad de los medios de producción como del control de los bienes simbólicos y el capital intelectual que excluye y territorializa los dispositivos de control a partir de los sistemas de información y conocimiento. Constatación esta de Lash que pone en juego la llamada crisis de la representación sobre la que tanto y tan acertadamente ha departido Lucien Sfez.
La crítica de Lash es una crítica muy especial, más que bienvenida y en algún sentido –si bien se nutre y abreva en todos los nombre propios que hemos mencionado más arriba– es totalmente distinta de las que los proponen o muchas veces directamente silencian, marginándose, en una pésima lectura de Wittgenstein, al reiterar que allí donde no hay nada que decir mejor es callar, llevándonos de ese modo a un autismo epistemológico y a una neutralización de la política (que oscila entre el voluntarismo y el imposibilismo) harto peligrosas.
Hipercomplejidad y opacidad
Los dos términos claves que caracterizan la postura de Lash son hipercomplejidad y opacidad. La hipercomplejidad alude a la densidad cada vez mayor de variables y de causalidades interrelacionadas que imposibilitan las lecturas tan mayestáticas y definitivas a las que nos tenía acostumbrados la modernidad.
Lo de opacidad hace referencia no tanto a la inaccesibilidad del fundamento de lo social, sino a nuestra incapacidad de darnos cuenta de que, como acontecía con la Carta robada de Poe, los mecanismos de agenciamiento y determinación están a la vista de todos, pero claro, mucho más encubiertos que nunca, por cuanto nadie cree que estén acá, que sean estos, que se los pueda ver y denunciar y hasta intervenir y modificar.
La proliferación de mensajes y de contactos, la facilitación de los encuentros y las intermediaciones, la instantaneidad de la (in)-comunicación y la desinformación por sobreinformación son absolutamente invisibles para la teoría tradicional, con una módica dosis de excepciones entre las cuales brillan nombres como Howard Garfinkel, George Simmel y Emile Durkheim.
El resto de los clásicos, modernos y postmodernos que atruenan anaqueles y reivindican fórmulas marquetineras (era del vacío, campo simbólico, rizoma, differa(ance), etc., como talismanes empáticos pero muy poco explicativos) son demolidos analíticamente a largo de toda la excursión de Lash, con una habilidad y un desparpajo poco comunes.
Las operaciones de distinción que hace Lash para adentrarnos en el nuevo orden de la información son claras y contundentes. Declara que el orden de la producción ha sido sustituido por el de la información, y que este está caracterizado por la compresión, la rapidez y la discontinuidad. Correlativamente estaríamos pasando de una narrativa y una pedagogía a la performatividad de la información y la comunicación pública, que hacen menos identificables las bases materiales del sistema de control y poder: cada vez menos disciplinario y más nomádico y vivencial, en cambio.
Lo novedoso en Lash es que si para la mayoría de los tecnófobos (de Heidegger y Ellul, de Lipovetsky a Baudrillard, de la escuela de Frankfurt y el neokantismo hasta los nihilistas y los ubamarxistas) la licuación de lo real es vivida como catástrofe y como deshumanización, para él no se trata sino de oportunidades de invención de un desorden creativo y de desorganizaciones emancipatorias por una vía pretradicional.
Del principio de explotación al principio de exclusión
Algunos críticos (marxistas) están muy molestos con Lash, insistiendo en que al sustituir al principio de explotación por el de exclusión, y al haber privilegiado la circulación por encima de la producción termina entrampado en una especie de fantasía culturalista, aunque –eso sí– concediéndole la importancia que le atribuye (acertadamente) a la constatación de la reflexividad como un proceso sustantivo en la sociedad contemporánea, que atraviesa las formas de subjetividad e identidad cultural determinando las formas de producción del poder.
Pero probablemente lo que duele más que nada a los críticos es que Lash demuele definitivamente la idea de crítica como liberación, y de la trascendencia como organizador de cualquier lectura de lo social. Para Lash la crítica es un problema de espacio real y no de representación, en el entendimiento.
¿Resulta todo esto demasiado aporético? ¿Cae preso Lash de los mismos errores de diagnóstico y de autocomplacencia propios de los intelectuales que al creerse indispensables para balizar el terreno al final dimiten de sus propuestas de desclasamiento y se convierten en metarranadores de los infortunios de la propia clase intelectual?
¿Son una misma e igual caterva Lash y Derrida, Baudrillard y Latour? ¿Tenemos que extrañar que esta obra (cuyo original data del año 2002) no le rinda pleitesía a Michael Hardt y Toni Negri, que no haga ninguna referencia a Giorgio Agamben y a Paulo Virno, que prácticamente ignore (salvo tangencialmente) a Virilio y a Bourdieu?
Nadie puede desprenderse definitiva y radicalmente de su humus cultural. Nadie puede tampoco atenerse estrictamente a los buenos usos y costumbres de una crítica académica impotente y estéril por amor a las formas. Pero tampoco nadie puede sobrevalorar su tiempo y autoinstituirse en un vidente radical y desprejuiciado.
La construcción de la utopía de masas fue el sueño del siglo XX
Hay seguramente agujeros e insuficiencias en la lectura de Lash. Quizá sus triparticiones son demasiado hegelianas para nuestro gusto. Tal vez sea, como todo intelectual que se precie, mucho más sagaz en las denuncias que sofisticado en las propuestas (si es que tiene que hacer alguna). Probablemente falta en él un conocimiento más acabado y sutil de las encarnaciones efectivas en dispositivos de las formas tecnológicas de vida.
Pero algo queda claro en esta excursión llena de detalles y puntuaciones originales y enriquecedoras. Seguir declamando un futuro que no fue, seguir buscando en míticos pasados las matrices de un futuro que cada vez se le parece menos, e insistir en redespertar conceptos y relecturas (como la que hizo Foucault de Kant) para después encontrarnos con la oquedad del presente ininteligible, es ya un juego aburrido y condenado al fracaso.
Mucho mejor es lo que hizo Susan Buck-Morss en Mundo soñado y catástrofe, al mostrar cómo la construcción de la utopía de masas fue el sueño del siglo XX. Cómo se trató de una fuerza ideológica impulsora de la modernización industrial, tanto en la forma capitalista como en la socialista. El sueño fue, en sí mismo, un inmenso poder material que transformó el mundo natural, confiriendo a los objetos elaborados industrialmente, así como a los entornos edificados, un deseo político y colectivo.
Pero ese sueño ya no existe más, y por más invocación a las contradicciones culturales del capitalismo o la inevitable e irreversible baja tendencial de la tasa de ganancia que se hagan (como las danzas rituales que (no) producen lluvia), ese mundo deseado ya no volverá. Aunque seguramente advendrán otros, potencialmente tanto o más revulsivos que esos.
Lo que irrita en Lash es que partiendo de la constatación acerca del derrumbe de ese mundo soñado, no trate autistamente de restaurarlo por la fuerza de las categorías derrotadas, y nos inste decididamente a usar otras que parten de una crítica (intrascendente, es decir inmanente) para ubicarnos no dócilmente, pero sí mucho más madura y adultamente, en la articulación de un diseño efectivo, de una reapropiación distinta de las tecnologías que al construir al mundo nos reconstruyen a nosotros.
Algunas citas llamativas
"...en el capitalismo tecnológico, el poder quizás actúa menos a través de la explotación que de la exclusión. La propiedad real de los medios de producción trae aparejado el derecho a explotar" (pág. 57).
"...un gran número de desorganizaciones tienen muy poco que ver con la política en el sentido más institucional. Son mucho más profundas que la política. Se conectan con la muerte, el sentido existencial, el alumbramiento, el afecto y la investidura política (pág. 92).
"Los mercados son instituciones. Con frecuencia el crecimiento económico contemporáneo no es sólo desorganizacional sino extrainstitucional ... el nuevo capitalismo es de rapiña" (pág. 89).
"Los estudios culturales contemporáneos consideran que el poder se ejerce por intermedio de lo simbólico, y la resistencia, por intermedio de lo real. Pero en el orden de la información, la dominación misma se ejerce preponderantemente por conducto de lo real" (pág. 312).
Recomendamos los siguientes ensayos sobre el tema:
Comentarios en esta página.
http://weblog.educ.ar/contratapa/archives/005976.php
Sin lugar a dudas la producción de información crece en proporción geométrica, gracias a la
automatización de los procesos que la generan.
Ello podría ser visto como una solución a nustras necesidades, ya que estar informados nos
permite tomar un curso de acción con menor incertidumbre.
Pero en esto hay una trampa.
¿Puede (un ser humano), siquiera, leer toda esa información? Obviamente ... NO!
¡Por ello existen los buscadores en internet!
Ahí se averigua, estadísticamente, qué quiere saber la gente, qué le interesa.
Esto, por suerte, le da una solución de "bajo coste" a los menos beneficiados por el sistema
capitalista, en el cual el que tiene el capital, hasta hace unas décadas "tangible", tiene
el "poder". La solución es ese capital "intangible", que hay que saber cómo explotar, que es
la información y las ideas generadas por el pensamiento humano, el cual está más al alcance
de los grupos más humildes de nuestra sociedad.
El reto, para cualquier grupo u individuo que en su negocio la información de calidad sea de
importancia, está en "saber Seleccionar" la información útil para sus propósitos, además de
cómo complementarla, cómo recuperarla y, hoy por hoy también, cómo valorar su exactitud o
aproximación comparándola con la realidad.
Estos retos son algunos de los que están vigentes y cuyas maneras y métodos de lograrlos se
irán sofisticando con el transcurrir de los años, a medida que se involucre gente en el
tema.
Soy Ing. en Sistemas de Información, egresado de la UTN.
Esta es una libre expresión de mis pensamientos y sentimientos.
Cualquier crítica, positiva o negativa, pero sincera y con intenciones altruistas, puede ser
enviada a mi email: ivancjd@yahoo.com.ar
A los administradores de educ.ar agradezco por este espacio de libre expresión.
Atentamente,
Ing. Iván D. Gut
me da mucho gusto poder comentar y dar mi opinion sobre los medios de comunicacion, tal vez sean muy amarillista y sensacionalista..Personalmente la cominicacion es esencial para la vida humana y por tanto hay que informar, entretener e educar a la gente, en ocaciones los periodista saben preguntar a las personas heridas que sufren un accidentes etc. Le dolio? o a los familiares ¿Que siente usted? creo que no se debe jugar con la sencibilidad de las personas, pero no tenemos porque echar la cupa a los periodista sino al medio que esta conformado por grupos de politicos que solo se interesan de sus factores economicos, por lo tanto creo y pienso que hay que formar buenos periodista, no solo que informen sino que hagan una investigacion completa sobre el tema, que no seamos impiricus.. a mi me gustaria que me llegue a mi correo informacion sobre este tema y aun mas me interesa saber, esa es mi opion y gracias...