



Autor: Horacio
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El colorido espectáculo de este mundo íntimamente interconectado que nos rodea y nos condiciona nació del sueño de algunos visionarios que, a mediados del siglo pasado, intuyeron el alcance y la vital importancia de unir el planeta con un sistema universal de telecomunicaciones. Aunque discutido en muchas facetas de su vida política, Sarmiento supo ser uno de ellos.
Imbuido de la idea de progreso que dominó a las mentes más notables de la segunda mitad del siglo, y después de haber conocido tanto Europa como los Estados Unidos, Sarmiento regresó a la Argentina firmemente decidido a unir a todos los pueblos por medio de la sutil telaraña que tejían los hilos del telégrafo.
En ello se empeñó con todo el tesón que lo caracterizaba, tanto desde la fogosa prédica periodística como desde la acción de gobierno. Su obsesión por los hilos, tanto de los alambrados de los campos como de los postes del telégrafo, dejó atrás a la "barbarie" y dio paso a la "civilización".
Dejó la presidencia, en 1874, con la convicción del deber cumplido: las líneas del telégrafo enlazaban los principales núcleos urbanos nacionales e internacionales. Esta es la epopeya del hombre que, cien años antes de que Marshall Mc Luhan acuñara la célebre expresión de la aldea global, bregó por crear el sistema de comunicaciones que hicieran del mundo "una familia sola y un barrio".